El retorno

Amanezco sin fuerzas, empapado de sudor, con más auto-obligación que voluntad. Salgo de casa con el desayuno bien asentado y me dirijo con paso cansino hacia la oficina del paro. He pasado 536 días empleado. Una subvención que no ha llegado me ha dejado en la calle, nuevamente. Las palabras de Gervasio Sánchez contrarias a la relación de subvenciones y los medios de comunicación, o puestos de departamentos de comunicación, resuenan en mi cabeza una vez más.

¿Qué iba a hacer? Era un trabajo, al fin y al cabo…

Giro la calle y enfilo una larga avenida cuya pendiente va picando hacia arriba descaradamente. Pienso que tal vez debería hacer la gestión por teléfono o por Internet, pero mi deseo de hablar con el funcionario de turno para hacer preguntas se impone en mi decisión. El aire fresco de la mañana me anima a continuar, pero mi cuerpo pesa el doble de lo normal. Empiezo a sudar por el esfuerzo, realmente estoy bajo de forma.

Asciendo con energía, me imagino que soy un ciclista que lucha en un gran puerto de montaña. Cómo admiro yo a esos héroes. Al llegar arriba me quedan aún un par de kilómetros, o más, hasta mi destino, pero al ser un terreno llano me animo y aumento la velocidad de mi ritmo. Echo mano de la botella de agua que llevo en el bolso de vez en cuando.

Procuro ser positivo. Nunca lo he sido conmigo mismo. Siempre he pasado del pesimismo a la ensoñación desproporcionada, sin parar en el optimismo. Hago mío el refrán que dice «consejos vendo y para mi no tengo». Pero esta vez es diferente. Me obligo a pensar en positivo.

Llego a la oficina sudando la camiseta. Empiezo a sentir que mi ducha mañanera no me va a servir hoy. Saco el papelito que me da la vez y me pongo a mirar con ambivalencia las ofertas del tablón de anuncios. Cocineros, ingenieros, directores de hotel, jefes de almacén, conductores de camión y dependientes de tiendas de ropa pueden estar de enhorabuena. Yo podría realizar alguno de esos trabajos, pero no tengo los años de experiencia que requiere cada oferta.

Al llegar veo caras largas, serias. Nadie habla alegremente con nadie. Es normal, nadie tiene ganas de estar allí. O no debería tenerlas. Veo alguna mirada cristalina en la entrada. Me llegan los pensamientos de desesperación de la gente, como a alguno le llegaran los míos. Hago los trámites para inscribirme y solicitar la prestación, que esta vez sí tengo derecho a «disfrutar» y salgo de allí sintiéndome culpable por haber llegado a esta situación nuevamente.

Sin embargo, busco la luz. Y la veo. Está allí. Se que está allí. Pero no se dónde…

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