El silencio del héroe de Gay Talese, una masterclass para periodistas

Hace tres años que conocí al periodista de Nueva Jersey, uno de los padres del Nuevo Periodismo. En aquella época me aficioné completamente a este género. Todo empezó para mi en un taller impartido por el periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos, uno de los grandes estandartes de la Crónica Latinoamericana.

Conocí el arte de contar historias, de hacer crónicas reales como si fueran novelas, la perfecta conjunción del periodismo y de la literatura. También aprendí, de mi amiga Concha Monserrat, que «no todos los periodistas son buenos escritores, ni todos los escritores son buenos periodistas». Sin embargo, Gay Talese es un excepción a esta regla.

En ‘El silencio del héroe’ se recopilan artículos de Talese como periodista deportivo en The New York Times, Esquire, The New Yorker y el Sentinel-Ledger, el semanario donde publicó sus primeros trabajos. Son crónicas de non fiction desde finales de los años 40 hasta la actualidad, teniendo como protagonistas a algunas de las grandes estrellas del deporte, con algunos de ellos aún en activo y en otras ocasiones, ya retirados.

En todas las páginas hay historias de vidas, de personas corrientes con sus dones y sus maravillas. El autor está presente en todas las páginas, pero no te cuenta que lo está. Ese es uno de los principios más básicos del periodismo llevado al extremo: el periodistas no es parte de la historia. Es una perogrullada, pero en ocasiones, sobre todo cuando se trata del género de la crónica, se tiende a hablar en primera persona, para ensalzar el mérito de quien está en acompañando al protagonista.

Así, Talese habla del jugador béisbol Joe DiMaggio en 1966, dedicándose a su restaurante, alejado de los grandes focos mediáticos. Presenta al boxeador Floyd Patterson entrenando en su refugio solitario preparando sus próximos combates siguiendo una vida casi espartana. A Joe Louis, ya como ex púgil, ocupándose de varios negocios. Al patinador de velocidad sobre hielo Eric Heiden antes de ganar cinco medallas de oro en los Juegos Olímpicos de Lake Placid de 1980 (consiguiendo el récord de ser el atleta que más medallas ha ganado en una sola edición de unos juegos de invierno) y su hermana Beth, que también consiguió una medalla. Y Gerry Murray, una de las mejores jugadores de roller derby de los años 50.

Restaurante de Joe DiMaggio.

Restaurante de Joe DiMaggio.

Además, incluye historias de figuras del deporte anónimas, silenciosas, como Robert Trent Jones, uno de los arquitectos de campos de golf más importantes de Estados Unidos; Ruby Goldstein, un árbitro de boxeo que participó en 39 combates por un título mundial; Mike Gillian, el herrador de caballos del Madison Squeare Garden que se aburría en los concursos hípicos y Tito Infanti, un luchador enano mexicano que hizo fortuna a finales de los 50.

Entre todos los artículos hay dos que me sorprendieron enormemente. Ambas con boxeadores como protagonistas. En una, muy corta, publicada en The New York en 1958, conocemos a Billy Ray, un boxeador que se retiró en la década de 1880, cuando empezaron a usarse los guantes. Lo dejó porque el deporte del noble arte estaba ablandándose. La otra, la más larga del libro, publicada en el Esquire, narra el encuentro entre Muhammad Ali y Fidel Castro en La Habana en 1996, centrando a un gran número de medios de comunicación de todo el mundo.

Fidel Castro y Muhammad Ali, bajo la atenta mirada de Teófilo Stevenson.

Fidel Castro y Muhammad Ali, bajo la atenta y risueña mirada de Teófilo Stevenson.

El párkinson de Ali apenas le dejaba hablar. Fidel se mostró dicharachero con todo su séquito ante unas cámaras atentas. Como curiosidad, el anfitrión de Ali durante su periplo por la capital cubana fue Teófilo Stevenson, el boxeador cubano que ganó tres medallas de oro olímpicas que no quiso ser profesional para enfranterse a Ali porque consideraba que era caer en el capitalismo.

Considero que ‘El silencio del héroe’ es un ejemplar maravilloso para los amantes del deporte y de las historias humanas. Y creo, humildemente, que todo periodista, deportivo o no, debería leerlo, para aprender, o para no olvidar cómo contar una historia.

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