El viaje de nuestra vida

La partida

img-20160912-wa0001

En el Ave, a las 07:03 de la mañana.

Suena el despertador un poco antes de las seis de la mañana. Julia lo apaga, se estira y susurra:

– Cariño, empieza nuestra aventura.

Los recién casados se turnan en la ducha y en el  desayuno. La casa está llena de tarros con flores y macetas de la boda, las maletas y bolsas de viaje copan la entrada y el gato se pasea entre obstáculos, extrañado por la actividad de sus amos a esas horas. En menos de una saldrá el tren Zaragoza-Madrid, la primera etapa de su viaje de novios.

Julia y Víctor realizan, nerviosos y empujados por los minutos los últimos preparativos. «¿Has metido las chancletas?», «Sí, ¿has terminado con el neceser?», «me faltan lavarme los dientes, oye, mete el cargador de la cámara y la batería, que están en el cuarto del ordenador», «vale. Oye… ya son las…», «ya sé la hora que es, ¿has pesado tu maleta?».

Por la mente de los dos cruza la idea de que deberían haberse despertado antes, que igual se han organizado mal, que el tiempo está pasando demasiado deprisa, que tienen que salir ya…

A las siete menos cuarto bajan a la calle, entre intercambios de voces y nervios. Los dos cargan con una maleta grande y otra pequeña, ambas con ruedas. Además, llevan sus bolsos. Todo les pesa demasiado. Las arrastran con torpeza por el portal y Víctor golpea su maleta grande contra la puerta, asustando al taxista, que les espera puntualmente en la puerta, tal como les comunicaron desde la centralita el día anterior. «¿A qué hora sale el tren?», «A las siete». «Vamos un poco justos». El corazón de los dos empieza a bombear demasiado. Ambos están nerviosos, asustados ante la amenaza de perder el tren, de fracasar en el primer escalón del viaje. No hablan, miran el reloj del conductor, hacia la ventana y rezan por que los semáforos sean todos verdes.

Hace una noche templada, de mediados de septiembre. Una agradable noche para pasear y tomar un aire más fresco que el que acompaña al día. Pero ellos están sudando de los nervios. Víctor estira y encoje sus piernas, retorciéndose en su asiento, respirando profundamente. Julia mira al frente. De vez en cuando a él. Se acaricia su pelo recién lavado.

A las 06:57 bajan del taxi, corriendo, arrastrando las pesadas maletas. La carrera es agónica. Una mujer con acento madrileño se cuela entre ellos mientras entregan los billetes en ventanilla y pasan las maletas por el control. «Una que sabe». Bajan las escaleras mecánicas, que les parecen el doble de largas de lo que son. El tren está ahí. Tienen que llegar a uno de los vagones delanteros. Corren, sudan, se meten prisa el uno al otro…

Todo sale bien.

A las 07:03 están sentados en su asiento. «¿Pero no salía a las siete?». «Sale a cinco. Al taxista le he dicho que a en punto para que corriera». Se sonríen, se besan.

Madrid

Tras el visionado de un documental acerca de la historia de la moda, con un interesante tramo sobre la edad de oro de las supermodelos, llegan a la capital. Es la segunda vez que están allí juntos, cinco años después de su visita para ver el musical de ‘El Rey León’. En esta ocasión no van a pisar más que trenes y estaciones.

Pero los nervios no han terminado con su recital. Al bajar del AVE cogen el primer cercanías que llega al andén señalado, creyendo que sería el único tren que pasaría por allí, pero se equivocaban. Comparte vía con otro. Error de quien no ha cogido un enlace Puerta de Atocha-T4 Barajas. El tren llega al final de su recorrido. Comienza la espera e incertidumbre para resolver el misterio de cómo llegar ahora al aeropuerto.

Julia comanda a los demás viajeros que también se han quedado tirados y se mueve en busca de carteles y algo de información. En el entorno de la parada, una empleada le informa de que tienen que esperar a que pase el siguiente tren, que pueden comprobarlo en los carteles. Los minutos se hacen largos. Empiezan a surgir las dudas. El cartel electrónico no les termina de resolver la duda. Víctor comprueba con la ubicación del móvil que están cerca pero a la vez lejos del maldito aeropuerto.

Unos cinco minutos antes de que llegue el cercanías correcto, recuerdan que tienen que llamar al banco para activar una tarjeta de crédito que, por descuido, aún no han activado. Mientras Víctor sube las cuatro maletas y las vigila durante el trayecto, Julia inicia una larga conversación, con momentos de besugos, para activar la tarjeta, que irá vinculada a una cuenta corriente en otra entidad, pasando por todo el meollo de grabaciones por política de protección de datos, información de seguros y otras historias que enervan a la pobre muchacha, que encima no consigue que le den el pin de la tarjeta que acaba de activar y no logra que la teleoperadora entienda que no puede esperar a que llegue a su domicilio por correo ordinario. Todo es frustración.

Al llegar feliz y agotadamente al aeropuerto y, mientras ella termina de despedirse de su nueva amiga, Víctor conoce a una trabajadora de Iberia, de origen asiático, que le ofrece hacer el check in del equipaje en un stand, sin necesidad de hacer cola. Al colgar, Julia, enfadada y con el llanto en la garganta por la desesperación, se encuentra con su marido dejando que una china manipule sus maletas. «Pero, ¿qué cojones estás haciendo?». «Tranquila cielo, que es para lo de las maletas». «Si quieren pueden hacerlo arriba». Momento hilarante.

Solucionado el asunto, terminan con el proceso de embarque, desayunan algo y suben al avión que les llevará a Copenhague, el primer destino de su luna de miel.

2 comentarios en “El viaje de nuestra vida

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s