El viaje de nuestra vida III

Día 2 Paseando por Copenhague

“¡Bufff! Qué atracón”. Víctor se estira en su silla mientras Julia se relame después de comerse la última tostada. Acaban de disfrutar de un copioso desayuno compuesto por panecillos con mermelada, mantequilla, queso, miel, embutidos varios y, cómo no, leche con cereales.

collage-cope

Ahora toca conocer la capital de Dinamarca.

Salen a la calle como dos auténticos guiris (realmente lo son allí) con mapa en mano, gafas de sol, cámara de fotos colgada del cuello y mirando con asombro todo cuanto ven.

Por la calle hay gente guapa, tanta que bromean con que todos los daneses están tremendos. Hay muchas bicis sin atar en cualquier farola, árbol, valla, pared etc. Y una perfecta sintonía entre peatones y ciclistas. Los carriles bici llevan tanto tráfico como la calzada.

Se dirigen al distrito de Christianshavn para subir a la torre de la iglesia de San Salvador, del siglo XVIII, famosa por su chapitel en espiral que ofrece una hermosa panorámica de 180º ascendente hasta llegar a sus 95 metros.

De camino a la torre se encuentran con Glyptoteket, un museo fundado en 1882 para guardar la colección de arte de Carl Jacobsen, hijo del fundador de la marca de cerveza Calsberg. En los jardines traseros se encuentran con un Pensador de Rodin, tallas de piedra en la fachada con cabezas de animales y la escultura favorita de Víctor, ‘Trold der lugter kristenblod’ (el troll que huele sangre de cristiano) de Niels Hansen Jacobsen.

Una vez en San Salvador, comprueban que hay que subir andando, lo que no motiva nada a Julia, que mira con pereza los estrechos escalones. Víctor se cree capaz de hacer el esfuerzo sin pasarle factura. Después se dará cuenta de lo equivocado que está.

Llegan exhaustos, echando el bofe y sudando mares, pero les merece la pena el esfuerzo, a pesar del vértigo que sufren en las alturas, con una escalera que se estrecha hasta el punto más alto. Contemplan la ciudad entera. Aprecian el canal de Nyhavn, el barrio de Cristiania (lugares que después visitarán), la biblioteca conocida como ‘El diamante negro’, la separación de las islas de Selandia y Amager, que componen la ciudad de Copenhague, hasta llegan a ver el barco que al día siguiente les introducirá en el Mar del Norte. Al llegar abajo se sientan en el jardín a beberse una coca cola sabor cereza y un nestea de melocotón. Víctor acaricia al perro de una familia de seis hijos (todos pasean en bici), hasta que el animal le gruñe cuando llega a tomarse demasiadas confianzas.

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Cristiania.

En Cristiania, un barrio autodeclarado como una ciudad independiente dentro de Copenhague, que se autogestiona y se organiza como una gran comunidad anarquista, viven una auténtica experiencia extra sensorial con sus paredes pintadas, las plantas de marihuana en los jardines públicos, las galerías de arte, los restaurantes, el camión de la basura pintado, sus gentes de todos los lugares del mundo… “Es una ciudad a parte”.

En el paseo marítimo de Nyhvn, donde paran para comer, Víctor hace la gracia de pedir en inglés a una pareja española que les hagan una foto. “Qué tonto eres”, se ríe Julia, después de posar en una barandilla de uno de los puentes, llena de candados. Pasean por el canal, junto a las casitas de colores, parecidas a las de Amsterdam, solo que éstas no están inclinadas hacia adelante.

casitascollage

Después, durante la hora que en casa hubieran aprovechado para la siesta, caminan hacia la estatua de La Sirenita, comprobando que desde el centro hasta ese célebre punto del puerto hay más distancia de la que parece. De camino encuentran mucho ambiente en las dos orillas del puerto. Hay mucha gente en las terrazas tomando copas y refrescos, aprovechando el buen día. Hay zonas con embarcaderos atiborradas de yates y otras más despejadas donde se bañan decenas de personas.

Después de más de media hora de largo pateo (tal vez en otra ocasión hubieran llegado en menos tiempo), empiezan a preguntarse si de verdad es tan pequeña como para habérsela saltado sin verla. Se cruzan con un grupo de unos treinta turistas orientales y callejean por la orilla hasta que Julia empieza a saltar y gritar. “¡Ahí está!”. Llegan con los muslos pesados y el sueño clavado en la sien. Pero llegan felices. La famosa y preciosa kobmendense de bronce está rodeada y contemplada por más de cien turistas que la fotografían sin descanso. “No es tan pequeña”. “Es una chulada”.

sirenita

Después, visitan Stroget, la calle peatonal con tiendas más grande de Europa. Julia se lamenta durante el paseo. Son más de las seis de la tarde cuando llegan y el horario europeo ha cerrado casi todos los comercios de ropa y complementos. Para su consuelo, se compra un parche de la ciudad para coser en su parcheada maleta y se hace una foto con un troll vikingo.

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Qué majos!!

Antes de llegar al hotel para cenar, Julia encuentra, casi sin mirar el mapa, la estatua de Andersen contemplando Tivoli. Una figura de bronce con el escritor mirando a el parque de atracciones que homenajea y da vida a sus obras. Julia se emociona ante el gigantón que mira con ojos de niño su parque. Ella mira con sus ojos, los de la Juli fantasiosa, creyendo que está escuchando sus cuentos sobre sus rodillas. Víctor la fotografía varias veces, pero cuando él va a posar con Hans llegan varios grupos de turistas que se le cuelan. Julia refunfuña. “¡Qué tontos! Han encontrado la estatua porque me han visto a mi aquí!”. “Cielo, a lo mejor han llegado sin más”. “¡No, nos estaban siguiendo!”.

Dinero nocturno

Alrededor de las diez de la noche Víctor sale de la habitación del hotel. Necesita conseguir dinero en efectivo. En la recepción del hotel le comunican que en la estación, cerca del hotel, encontrará cajeros donde sacar dinero. Todo se debe a que no están tranquilos con la tarjeta de crédito activada el día anterior, por lo que quieren llegar al barco con billetes por si acaso los necesitan.

Hay mucha gente por la calle. Muchos jóvenes. Grupos de chavales. En los aledaños de la estación algunos incluso están bebiendo, pero sin tirar ni dejar botellas por el suelo. Llega a un cajero, en el interior de la vacía estación, que descansa su actividad hasta el día siguiente. Nota una punzada en la nuca, como si le estuvieran observando. Hay gente cerca, aunque a metros de distancia. Lo cual no acaba de tranquilizarle. No le gusta sacar mucho dinero en un cajero sin estar cerca de casa.

El cajero que acepta su tarjeta le da la opción de sacar dinero en euros o en coronas danesas. Pulsa la de euros y saca la cantidad deseada…pero por la ranura salen billetes daneses.

Así, vuelve al hotel con 1500 coronas danesas (la punzada en la nuca desaparece ante esa sorpresa), todo lo que tenía disponible en la cuenta. En la recepción pregunta si le pueden cambiar, pero no es posible. Tendrá que dejarlo para el día siguiente.

En la habitación Julia está viendo las fotos del día en tablet que le ha dejado Marcos. Al llegar se ríe de la cara de Víctor sujetando coronas danesas. “Mañana veremos si podemos registrarnos con la tarjeta o si tenemos que pagar en efectivo y allí espero que podamos hacerlo con estas coronas…o que nos cambien y lo hacemos en euros”. “Pero, nos dejarán subir al barco de todas todas, ¿no?”. “Claro, seguro”. No están tranquilos.

2 pensamientos en “El viaje de nuestra vida III

  1. Está muy bien el capítulo de hoy. Vaya trajin que os llegasteis con el dinero! Eso no sabía yo. Las fotos muy bonitas. Me estoy enganchando y para eso quiero masssss. Continúa porfa

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