El viaje de nuestra vida IV

Día 3 Embarque

– Hoy hay tres barcos de crucero en el puerto, el más grande es uno de MCL, pronto lo veremos. El vuestro lo he visto esta mañana.

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El taxista de origen afgano hablaba con alegría mientras conducía hasta el puerto de Copenhague, a la terminal 1, donde espera el Norwegian Star. Es una mañana de septiembre con mucho tráfico y temperatura agradable. Julia está muy nerviosa. Siempre le ha dado miedo la idea de viajar en barco y ahora está a punto de meterse en una ciudad flotante durante catorce días. Además, está intranquila con el asunto de la tarjeta de crédito. “Cariño, todo va a salir bien, ¿verdad?”. “Claro, no nos van a dejar en tierra, ya lo verás”. Víctor también está nervioso por el asunto de la tarjeta, pero está más pendiente de buscar el barco en el horizonte urbano.

Mientras el simpático taxista les habla del nivel de vida en Dinamarca aparece, por primera vez, al fondo, entre edificios portuarios, su barco. No será el más grande de los que hay atracados esa mañana, pero es inmenso. Más de diez pisos de altura se levantan sobre el nivel del mar, con 294 metros de eslora, a Julia le da un vuelco el corazón. Víctor sonríe como un niño.

Entregan las maletas, rellenan un formulario sobre asuntos sanitarios y hacen cola para el check in final, donde descubrirán si su tarjeta de crédito obtenida a través de la agencia está activada o no. “Que sea lo que tenga que ser”. Hay unos veinte puestos de registro, les toca hacerlo con una hermosa joven rusa. Lo saben el personal de la comañía Norwegian Cruise Line (NCL) tiene una placa identificativa con su nombre y la bandera de su país. Lo cual es muy interesante porque a lo largo del viaje tendrán la conciencia de hablar con personas de todos los continentes.

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Entregan los pasaportes, los billetes de embarque y llega el momento de la tarjeta de crédito. Julia coge aire y la entrega. La rusa la pasa por el datáfono para comprobar su validez. El tiempo se para. Víctor mira hacia otro lado, como quien no quiere dejar ver que está muerto de los nervios. Julia se muerde el labio inferior y frunce el ceño, como esperando una mala noticia. La chica teclea cosas en el ordenador y les pregunta algo que no entienden “¿…IVA ALTA?”. Se miran, extrañados. Le piden que lo repita. No entienden lo que dice. Ella deletrea. Siguen sin saber a qué se refiere. Víctor está a punto de pedir que no les cobre el IVA muy alto, pero le parece un asunto un poco estúpido dada la situación. Finalmente, armada de paciencia, la mujer les enseña la pantalla del ordenador, donde figura el nombre de la agente de viajes con quien han contratado el crucero: Eva Alda. “Aaaahhh… jajajaja”, ríen y respiran, aliviados.

Consiguen sus tarjetas de pasajeros sin problemas y el permiso para subir a bordo. Todo va bien.

Día 4 Navegando

“Mira cielo, el móvil ha pillado cobertura en Suecia, estamos en aguas suecas, ¿podemos decir que ya hemos estado en Suecia?”. “Lo añadiremos a la lista”.

Hace un sol veraniego en pleno mar del Norte. La cubierta está llena de gente. Hay cerca de tres mil pasajeros y unos mil quinientos tripulantes, de más de sesenta nacionalidades distintas. Julia y Víctor están tomando el sol en la cubierta del piso 13, junto a la piscina. Los jacuzzis al aire libre están abarrotados. Dos cocineros sirven paellas y hamburguesas de una inmensa barbacoa. Víctor lee relajadamente en su tumbona mientras Julia no para de dar vueltas, incómoda. “No sé qué hacer, estoy agobiada porque quiero hacer algo”. “Disfruta cielo, estamos de vacaciones, de luna de miel”.

Puede parecer que el plan de pasar un día de navegación es aburrido, pero después de relajarse Julia descubre que no es así. Inauguran la piscina, el spa, recorren de arriba a abajo la cubierta exterior disparando fotos a mansalva, visitan la galería de arte, la tienda de fotos, la de souvenirs, la joyería, perfumería, relojería, la cafetería del Gran Atrio y su oferta de macarons, conocen a Hoptan, de origen jamaicano, el encargado de hacer su habitación, un viajero solitario alemán, a un matrimonio mexicano, otro cubano de Miami y estrenan el Stardust Theater, para conocer a la compañía de actores y bailarines que les hacen disfrutar con sus musicales durante el viaje. Y, por supuesto, empiezan a descubrir los placeres del buffet libre. La báscula queda cada vez más lejos.

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Julia hace de intérprete entre Hans, el solitario alemán, y una empleada del Spa, de la República Checa. Media en alemán e inglés para explicarle a Hans cuándo y cómo usar el servicio de acupuntura. También conoce en el jacuzzi a una mujer mayor, muy risueña y pizpireta, de Bremen, quien se alegra al saber que su padre nació en una zona cercana a esa ciudad alemana. Con el matrimonio mexicano, a quienes conocen cenando la primera noche, entablan una buena relación, que irá familiarizándose conforme pasan los días.

Por la tarde empiezan a hacer uso del servicio de fotografía y posan para todo el personal del barco, que les inmortalizan con fondos preciosos y poses elegantes. Una fotógrafa letona conecta enseguida con Julia, riéndose y sacando sus mejores perfiles. “Sexy lady”, le dice, risueña, con una mano en la cadera y estirando la espalda. A Víctor, sin embargo, tiene que corregirle su desgarbo ante el objetivo. Otro fotógrafo, de Santa Lucía, muy alto, moreno, con unas manos enormes y una mandíbula prominente, acaricia el pelo de Julia, recogiéndole con delicadeza algunos mechones detrás de sus orejas, girando su anillo para lucir bien el diamante. “Me encanta este tío”.

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Ese mismo día conocen al capitán del barco, Matthias Andersson. Natural de Göteborg, Suecia. Más alto y ancho que los dos, de enorme sonrisa y trato agradable, les dice que es un vikingo al presentarse y les habla de que van a viajar por aguas vikingas. Durante el viaje disfrutarán con sus reportes matinales, que además de hablar del estado del mar y su posición, les hablará del paso del pueblo nórdico por todos los puertos que van a visitar.

Terminan el primer y maravilloso día en alta mar con un premio de dos dólares que ganan en una rifa y una inmensa ilusión al ser la primera vez que tocan billetes estadounidenses. “¿Qué hacemos? ¿Apostamos en la ruleta?”. “Vamos a guardarlos de momento”.

Pasan por la biblioteca antes de cenar, una pequeña estancia con sofás, sillones, mesas de salón y vitrinas no siempre llenas. Hay libros en inglés, mayoritariamente, alemán, francés, italiano y español. Curiosamente, en esta última sección, hay ejemplares en portugués.

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Mientras Víctor se queda ojeando unos cuantos títulos, Julia se marcha a la habitación para buscar una chaqueta. Entra en la habitación, distraída, y después de ponerse la chaqueta ve unos ojos rojos, penetrantes, mirándole fijamente, asomados desde debajo de la almohada. Pega un salto hacia atrás. Es un ratón, blanco, como de laboratorio. Vuelve a mirar y descubre que es una figura hecha con una toalla. “Tenemos que hablar con Hoptan, no puede darnos estos sustos”, comenta con Víctor, entre risas, mientras le enseña las fotos del amiguito que les acompañará durante buena parte del viaje.

Antes de irse a dormir conocen la luz de la luna en todo su esplendor. La noche es oscura, pero el astro llena de un blanco imponente una enorme cantidad de mar.

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