Réquiem por Perico Fernández

Hay personas que nacen con mala estrella y, hagan lo que hagan, jamás deja de alumbrarles con su decadente luz. Viven con lo puesto y pelean por dar un paso más. Hay quienes viven tanto que su vida da para una novela. La de Perico Fernández da para una muy larga.

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Este es mi particular homenaje a una persona que ha comprado billetes de ida y vuelta al lado amargo y al dulce de la vida, tantas veces que se arruinó y se quedó en un desierto tan inmenso que el brillo de su luz se perdió en el horizonte.

Soy un gran aficionado la boxeo. Leí numerosos artículos en la prensa cuando era crío acerca de las victorias del aragonés López Bueno, que llegó a ser campeón del mundo del peso mosca en 1999. He sido muy fan de Floyd Mayweather, Juan Manuel Márquez y Maravilla Martínez, entre otros, he ido a ver veladas locales en Zaragoza (alguna incluso por trabajo voluntario) y tengo todas las películas de Rocky (excepto Creed) y la de Toro Salvaje. Cuando hablaba con alguien mayor acerca de mi afición al noble arte me nombraban a una lista de campeones de antaño en la que siempre estaba él.

Perico Fernández fue una figura del deporte aragonés y español de los años 70. Pasó su infancia entre la calle y el hospicio del Hogar Pignatelli. Vivió el sueño de todo niño que crece en esa situación: salió de la miseria practicando deporte,  boxeando, y llegó a ser campeón de España, de Europa y del mundo en 1974, entre los meses de marzo y septiembre. Tuvo una carrera llena de éxitos. Ganó millones de pesetas en una época difícil para la sociedad española y tocó el cielo. Pero su mala cabeza y sus malas compañías lo devolvieron a la calle. A la miseria. Envejeció alejado de la vida pública y llegó a vivir en la indigencia. Hace tres años fue declarado incapaz y ha terminado sus días bajo la tutela de la DGA.

Hoy muchos medios de comunicación (Marca, Mundo Deportivo, El Mundo, el Periódico de Aragón, RTVE, El Español, por citar unos pocos) ensalzan sus virtudes como deportista, pero es imposible que no hablen de su mala fortuna. He conocido muchas personas, sobre todo durante mi etapa de periodista deportivo, que me han hablado de él.

Cuentan que en sus años de gloria se sentaba en las terrazas de los cafés zaragozanos más selectos e invitaba a cervezas a todo el que pasaba por la acera. Era un personaje público tan famoso que todo el mundo lo reconocía y se acercaba a hablarle. Y tenía un carácter tan abierto que enseguida hacía amigos. Por supuesto, todos esos amigos que hizo en la cumbre de su carrera deportiva desaparecieron cuando los focos dejaron de alumbrarle.

Recuerdo que en una velada en La Muela, en mayo de 2011, lo vi por primera vez en persona. Acompañado de su séquito, iba y venía entre las butacas más cercanas al ring. En un momento dado un compañero me dijo: «No veo a Perico, ya estará dándole a la cerveza». Y así era. Iba y volvía con litronas que iba repartiendo.

En junio de 2012 acudí a la presentación de ‘Guantes rotos’, un libro que mi excompañero en el Periódico de Aragón, Fran Osambela, redactó tras una serie de encuentros con Perico y Paco Millán, su amigo de la infancia. Ya se había hecho público que llevaba años malviviendo entre la calle y una habitación del club de alterne de su amigo. Allí hablé con él. O, más bien, le hablé a él. Me firmó el libro y yo le preguntaba si estaba contento con la acogida de la gente, con el trato de los medios, la reacción de la sociedad. Unos meses antes habían organizado una gala benéfica a su favor en el Teatro Principal. Pero Perico no me contestaba. Solo me sonreía y miraba con ojos de niño.

En esa época López Bueno fue su administrador y se encargó de cuidarle, peleando contra sus travesuras. Vendía los cuadros que Perico pintaba en su gimnasio y le aconsejaba con el dinero que ganaba. Pero no siempre tuvo éxito con esos consejos. Le compré un retrato de John Lennon y se lo di a mi hermana como regalo de bodas. Le encantó y le hizo ilusión. Tenía una fijación especial con Perico y su vida. Lo conoció por los cortes de audio que Bunbury introdujo en su disco ‘Flamingos’, en los que se puede apreciar entre algunos temas sonidos radiofónicos reales del combate en que Perico se proclamó campeón del mundo, el 21 de septiembre de 1974, ante Lion Furuyama en el Palazzetto dello Sport de Roma.

Un año después, cuando yo trabajaba en la Asociación de Periodistas de Aragón, en la calle Cinco de marzo, me cruzaba casi a diario con Perico. Nunca supe a dónde iba, ni si vivía por allí o no. A veces lo veía hablando con la gente. Insultaba a los políticos mientras sus interlocutores le escuchaban, riendo. No sé si se reían con él o de él. Perico hablaba con voz bonachona, le costaba articular frases largas. Y todos le escuchaban, con enormes sonrisas en su cara.

Una tarde lo vi entrar al baño de una cafetería donde yo estaba merendando. Salió sin mirar siquiera la barra. Me hizo preguntarme si estaba viviendo en la calle otra vez. Hace unos meses un amigo que aún tengo en el Periódico me contó que ya tenían preparadas varias páginas para el día en que muriera. Sus últimos días los ha pasado, casi apagado, en el centro neuropsiquiátrico Nuestra Señora del Carmen de Garrapinillos.

Tuvo una vida de película. Logró boxeando un palmarés envidiable. Y los focos alumbraron su persona, a veces por lo bueno y otras por lo triste.

Descansa en paz, Perico.

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