El viaje de nuestra vida VII

Día 7 Shetland

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– Cariño, aquí pone que deberíamos ir a lo del pasaporte pronto, son las 8, ¿bajamos ahora y desayunamos después?

– No, quiero desayunar ya, que me estoy poniendo malo. Ya iremos luego.

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El barco acaba de echar el ancla a unos trecientos metros del puerto de Lerwick, capital del archipiélago Shetland, en la tercera parada del viaje. No puede atracar en el mismo porque es tan pequeño que no tiene capacidad para albergar cruceros de tales dimensiones, por lo que debe parar a una distancia prudencial y usar los botes salvavidas para llevar a los viajeros a tierra. Pero antes de eso todos los turistas deben pasar un control de aduanas dentro del barco, según las normas del Reino Unido. Y son tantos que se prevén unas colas enormes, pero eso no preocupa, de momento, a los recién casados.

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Desayunan con normalidad y, al bajar a la cubierta número 7, para ir a la sala de actuaciones Spinnaker Launge, en la popa del barco, donde se encuentra instalado el control aduanero, se llevan un duro golpe moral. El ruido del gentío es ensordecedor. Los pasillos que conducen a la sala están abarrotados. La cola es más larga de lo que habían imaginado. “Jooodeeeerrr….”. Echan a andar, buscando el final, pero nunca acaba. Atraviesan el Grand Atrium, el hall principal de referencia, la tienda de souvenirs, la galería de arte, el restaurante japonés…todas las instalaciones hasta casi llegar al Teatro Stardust, que es el punto más cercano a la proa. La cola para el control cruza el barco entero.

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Lo peor de todo es que son las 8:35 de la mañana y su excursión por la isla sale a las 9. “Nos va a costar un huevo”, “pero, ¿y los que tenemos excursiones ahora qué hacemos?”. Intentan colarse, pero al llegar a la tienda de fotos, la antesala de la Spinnaker, una tripulante china les impiden el paso. Se pasan de listos. Antes de llegar al final de la cola, a la que sigue llegando cada vez más gente, Julia interroga con vehemencia a todos los conocidos de anteriores excursiones que se va encontrando y ninguno sabe qué hacer si su excursión esta a punto de salir y le quedan horas para pasar el control. Empiezan a agobiarse casi tanto como el día en que salieron de Zaragoza. Y es que esta es una de las excursiones más esperadas, en la que visitarán una granja de ponis típicos de Shetland. Llevan meses soñando con acariciar uno y riéndose con este video:

Empiezan a jurar y maldecir. “Mierda, joder, somos gilipollas, pero ¿cómo no hemos bajado hace una hora, joder? ¿Para qué te hago caso?”. “No puede ser, algo tienen que hacer, hemos pagado la excursión, por mis huevos que vemos ponis hoy”. Son las 8:47, la cola avanza, pero no lo suficientemente rápido. Todos alrededor miran el reloj. No son los únicos preocupados. “Confía en el buen destino”.

Al final, un ángel aparece para ayudarles. Un miembro peruano del departamento de excursiones se destaca entre el gentío preguntando a gritos quién tiene una excursión a las 9. A cincuenta metros de él Julia y Víctor saltan de la cola y se le acercan. “Seguidme”. Le acompañan y recogen a otros viajeros con cara de alivio. Les conduce hacia el Spinnaker mientras habla por el walkie talkie con un compañero. “Llevo a otras diez personas a la cabeza”. Es un momento tan caótico que el propio tripulante salta su orden de no hablar en un idioma que no sea inglés delante de los viajeros. En la entrada de la sala les recibe otro compañero, cubano, que les acompaña en el tramo final. “Qué potra hemos tenido”.

Y, felizmente, tras revisar su pasaporte, la guardia británica les deja pisar suelo escocés.

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Julia se impresiona con los botes salvavidas, debe de pasar de un barco enorme a uno enano, la plataforma se mueve, está lloviendo y los botes tienen todos los cristales empapados. Pero el trayecto es relajado. Un par de jóvenes violinistas les reciben con música tradicional en el puerto, donde se encuentra atracado un barco vikingo de madera, una réplica de un drakkar que se usa para pequeñas travesías con turistas. Las casas ubicadas en el paseo marítimo son de piedra, gris, de aspecto medieval. Nada que ver con las coloridas casas noruegas de madera.

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El bus les lleva por un trayecto precioso. Verde, húmedo. Muy tipo highland, tal y como Víctor recordaba la campiña escocesa, de cuando viajó con su madre en el puente de la Inmaculada, hace doce años. La guía, una simpática mujer mayor nativa de la isla (a partir de ahora, todos los guías que conocerán serán nativos de cada lugar, además, es la primera excursión que hacen en inglés), les habla del origen de la isla y sus primeros ocupantes, pueblos escandinavos en busca de nuevos hogares donde asentarse, huyendo de la escasez de alimentos de su tierra natal en una época de expansión de la población. También les lleva a una zona residencial de vacaciones, que resulta ser una relajante y pequeña bahía con casitas esparcidas aquí y allá. Curiosamente, es una preciosa isla verde sin árboles.

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Pero no dejan de pensar en el plato fuerte del día. Una granja de ponis ¡Qué ganas tenían! Aunque por el camino han visto varios, en pequeñas manadas, corriendo por las colinas, cerca de rebaños de ovejas, también autóctonas.

“Mira ahí está Zanahoria, oooohh”, “sí cielo, y mira ese pequeñito, es Castaño, Chesnut, ooooh joooo ¿nos lo llevamos?”. Les ponen nombre a dos ponis nada más llegar. Hay una hembra preñada en un estado muy avanzado de la gestación. Dos jóvenes hermanos, con colores de vaca lechera tradicional, se rascan el cuello mutuamente en una escena muy tierna y graciosa. El castaño al que se refieren es un potrillo de nueve semanas, con el pelaje más suave que el resto.

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Un poni blanco, muy cariñoso, se deja acariciar y fotografiar. Se acerca constantemente a la valla, sacando su cuello más allá de su recinto. Mientras la dueña de la granja les habla de que todos los ejemplares tienen un pasaporte con sus datos y referencias familiares, el blanco olisquea las zapatillas de Julia. “Es mi amigo”. Víctor arranca unos puñados de hierba y se la da. Mientras mastica, le abraza y Julia aprovecha para inmortalizar el momento. Después de numerosas caricias, golpea con su pata la vaya, como si hiciera ademán de querer saltarla. “Quiere venirse con nosotros”. Julia está muy feliz, mientras Víctor piensa en cómo acariciar ahora una oveja.

Tras maravillarse con los “lovely animals” (como los define la guía), se dirigen a Scallaway, para visitar el castillo, construido a principios del siglo XVII por orden del Duque de Orkney, Patrick Stewart, que sirvió como sede del Parlamento de Shetland. Mientras Víctor se interesa en el centro de interpretación por la historia de Scallaway y el Shetland Bus (una serie de operaciones clandestinas entre Shetland, Escocia y la Noruega ocupada por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial), Julia fija su interés en algunas fotografías antiguas y, sobre todo, en los souvenirs de los ponis.

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Víctor está leyendo entre el numeroso grupo de turistas unas placas de información sobre famosos habitantes de Shetland cuando Julia le llama y le enseña, brazo en alto y con una enorme sonrisa, un peluche de un poni castaño del tamaño de su cabeza. “No, que no cabrá en la maleta”. Ella no desiste y le pone cara adorable, con el peluche apoyado en su moflete derecho. “Haz lo que quieras”. El chico sigue leyendo, ahora acerca de la ocupación noruega en el siglo IX, cuando, al girarse por instinto, ve a Julia con dos peluches pegados a su cara, con una sonrisa aún más grande. “No te pases, que será caro”. “Son hermanos y tienen que estar juntos”. Víctor pone gesto de negación. Después de terminar la visita y antes de entrar al castillo, se encuentran en la calle. Julia está de morros. “No me has dejado comprar mis peluches”. Se lo recordará, no pocas veces, durante el resto del viaje.

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Ven que hay un par de ponis pastando en los alrededores. Julia se anima y se apoya en la barandilla que cerca su zona de alimento, se toma su tiempo para tomar una buena fotografía, mide la luz, prepara el objetivo…pero aparece de repente una mujer de más o menos 1,90, que se ha pegado toda la visita anterior tapando los mejores planos de Julia, con una enorme bola de yerbajos arrancados a mano. Los tira al suelo, cerca de los ponis, llamando la atención de estos y fastidiando la foto de Julia. “Esa mujer gigante es mi enemiga”.

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Terminan la excursión paseando por las ruinas del castillo y, más tarde, por las principales calles de Lerwick, casi vacías al ser domingo, pero disfrutando de un pueblo bonito, con antiguas casas preciosas.

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Las calles de Lerwick.

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El barco y un bote vistos desde el puerto.

Por la tarde empezarán a sentir los efectos de unas corrientes marítimas que suben desde Escocia hacia el norte, alterando el equilibrio del barco y metiendo el estómago de Víctor en un puño, mareando al pobre hasta casi tirarlo al suelo mientras anda. “No exageres, tomate una biodramina”. Acaba llevándole a rastras al camarote.

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Durante la cena, mientras el Mar del Norte les columpia, reciben una llamada sorprendente del capitán. “Se pueden divisar auroras boreales desde la proa”. Salen corriendo, con Víctor luchando por mantener la verticalidad, Julia pugnando entre la muchedumbre enloquecida, cámara en mano y corazón acelerado, para ver esas maravillosas luces del norte. Pero hay demasiadas nubes y toda su visión se queda reducida a una resplandor entre la oscuridad, de tono más bien granate. No consiguen verlas con claridad. En otro momento será.

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