El viaje de nuestra vida IX

Día 10. Círculo dorado, Islandia

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La noche está movida, el mar está picado, la luna ilumina, imponente, una gran parcela de agua y causa un efecto luminiscente precioso con la espuma de las olas. Las luces más brillantes de la costa de Islandia empiezan a aparecer en el horizonte. El cielo se rompe y una luz verdosa, con infinidad de tonos amarillentos y morados aparece para fortuna de unos pocos viajeros que aún pasean por la cubierta superior del Norwegian Star. Víctor y Julia no son unos de esos afortunados, pues hace horas que duermen, totalmente roques, meciéndose con las olas y luchando contra el mareo causado por los días más movidos del viaje. El resto del crucero lamentarán haber descansado esta noche, en lugar de perseguir las luces del norte.

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Misma foto, con distinto enfoque, dejando que la luz entre desde distinto punto.

Es el punto más alejado del crucero con respecto al puerto de salida de Copenhague. Para muchos es el plato fuerte del itinerario. Julia y Víctor van a realizar una de las excursiones que más ilusión les hace, la llamada ‘Círculo dorado’, que incluye algunos de los parajes naturales más hermosos de Islandia. Son las ocho de la mañana y hay mucho movimiento en el Grand Market Buffet, con miles de viajeros desayunando con prisas. La pareja se asoma a la cubierta superior para contemplar la primera imagen de la capital islandesa.

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El paisaje ha cambiado respecto a las ciudades danesas y noruegas, ya no hay casitas de madera con techos en pico ni prados verdes. En su lugar, se extiende una urbe con una pequeña sierra en el horizonte. Por primera vez desde la partida se aprecian bloques de edificios altos, en la zona más cercana al puerto. Hallgrímskirkja, la catedral de Reykjavik,destaca entre las edificaciones altas. “Mira, esa iglesia parece un cohete”, dice Julia. “Estamos en Islandia”, afirma Víctor, con una sonrisa de ilusión.

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Después de una corta espera se embarcan en el autobús que les va a llevar a conocer la isla. La primera parada será en el Parque Natural de Þingvellir (Thingvellir, que significa parlamento o explanada de la asamblea). Esta es la tercera y última excursión que realizan en español y con españoles (también portugueses y viajeros de origen latino). El ambiente en el autobús no tiene nada que ver con el de las excursiones en inglés, acompañados de estadounidenses. Hay un murmullo constante, chismorreos de respuesta a las explicaciones de la guía, movimientos y cambios en los asientos porque a un matrimonio le molesta el sol, risas y constantes interrupciones. Nada más empezar la guía, Kaytlin, una simpática islandesa casada con un argentino, que habla el castellano más fluído cuando no está haciendo alguna explicación histórico-turística, avisa de que van a  realizar un trayecto cercano a la hora sin pausas para llegar cuanto antes a Þingvellir. La primera pausa, sin embargo, llega en menos de doscientos metros porque un portugués mayor se da cuenta de que no podrá aguantar tanto sin mear. “De acuerdo, vamos a parar ahora para que nuestro compañero pueda aliviarse”. Por supuesto, le siguen dos o tres personas más, por si acaso.

Mientras esperan, Kaytlin cuenta algunas leyendas locales acerca de la existencia de los huldufólk o elfos en Islandia. “Yo nunca he visto uno. Es un mito. Pero mi abuela siempre hablaba de ellos. Decía que vivían en cuevas y debajo de las rocas. Muchas veces, cuando las obras de un edificio o una carretera salían mal, se decía que era porque allí vivía un elfo que no dejaba que se construyera nada encima de su casa”. Qué tierna historia. Julia está deseando ver uno.

Þingvellir es el lugar donde se fundó en el año 930 el Alþingi, primer parlamento de Islandia, el más antiguo del mundo. Donde también se firmó la independencia del país del reino de Dinamarca el 17 de junio de 1944.

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En Alþingi y alrededores.

Allí podrán pasear por Almannagjá, una de las fallas que atraviesan la región, causada por la separación de las placas tectónicas norteamericana y euroasiática, que están provocando que el magma que se acumula en el sedimento forme tierra nueva y haga que la isla esté creciendo, en lugar de dividirse. “Ahora estamos en América, ahora en Eurasia. América, Eurasia. Jijijii”. “Sí cielo”. Julia está emocionada.

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El mundo se divide, Islandia crece.

Se asombran con el paisaje. Ya no es verde, como en el resto del viaje. Es una paleta de colores tierra, marrones, amarillos, naranjas… es un paisaje otoñal con cientos de matices. Algunos arbustos son granates, verdes muy oscuros, casi negros y otros amarillos. Las rocas y la tierra son negras. Las montañas, no muy altas, pero imponentes, están peladas. No hay árboles, salvo en algunas zonas, donde se han plantado y forman bosques esquemáticamente organizados. “Disfrutar de los colores del otoño”, recomienda la guía. También vislumbran granjas de ovejas y caballos autóctonos pastando. “¿Te imaginas, cielo, tener una granja aquí? ¿Te imaginas?”. “Sííí, yo quiero esa”. Víctor pregunta acerca de la caza de ballenas y la guía le dice “luego hablaremos de eso”. Primera larga.

El paisaje otoñal de Islandia.

El paisaje otoñal de Islandia.

Por el camino cuenta historias de los primeros colonizadores vikingos en el año 870, (destacando a Ingólfur Arnarson, conocido como el primer colono) que buscaban un lugar donde asentar sus granjas para huir del rey de Noruega. Cuenta que eran adoradores de Freya, diosa de la fertilidad y el amor, más que de Odín y que por ello buscaban un nuevo comienzo que encontraron en Islandia.

Al llegar a Þingvellir se encuentran con la mitad (o más) de los miles de pasajeros del barco. Kaytlin dice “seguid andando todo recto, nos reuniremos al final del camino”. En ese momento la pareja se maravilla con los colores oscuros de la tierra, de origen volcánica, con la extensión de la falla de Almannagjá y comparte el momento de pasión visual con Gloria y Javier, los mexicanos, intercambiando fotos. Al iniciar el paseo por el cañón que forma la falla se dan cuenta de que se han separado del grupo. Les da igual. Siguen caminando y maravillándose entre las paredes escarpadas y rocosas. “Aquí estamos, donde el mundo se divide”, “aquí se divide el mundo, qué fuerte” y “estamos en medio del mundo” son las frases que, con voz solemne, Víctor repite como dieciocho veces durante el paseo mientras Julia y Gloria le dicen “sí, sí” y siguen echando fotos. Javier, con sus problemas de hernia discal, se ha vuelto al autobús. Por el camino se cruzan con la guía, que se ha dado cuenta que ha perdido a casi todos los viajeros. “Esta bien, estáis aquí, seguir adelante y ya nos veremos al final”. Más adelante se van reuniendo con el grupo y Kaytlin les cuenta historias acerca de los pozos y arroyos donde la justicia del Alþingi ahogaban a los hombres y mujeres condenados, así como otras historias de batallas.

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Con la sensación de estar en un lugar con mucha historia e importancia, que respeta la naturaleza y donde la misma está creando algo único, se embarcan de nuevo en el bus para ir a la cascada de Gullfoss. Pero antes tendrán que parar en un pueblo a recoger al matrimonio de portugueses, que se ha subido a otro autobús. Los dos tendrán que soportar las miradas inquisitivas de los demás por segunda vez. Una vez en marcha, Víctor vuelve a preguntar por la caza de ballenas. “Después hablaremos de eso”. Segunda larga.

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Es una de las grandes atracciones del país, cae a más de 32 metros en una grieta que mide más de 20 de ancho. El autobús les deja cerca de un acantilado y los turistas tienen que hacer un paseo, bajando por unas escaleras, hasta llegar a la zona de la caída. “Tenéis que bajar y sentir la energía”, les dice Kaytlin, antes de darles libertad para moverse por allí. De camino se encuentran con muchos miembros de la tripulación del barco, difíciles de ver en días de excursión. También ven a la directora de la compañía que actúa en el Teatro Stardust durante el crucero, una maravillosa bailarina y tremenda cantante, acompañada de su marido, uno de los bailarines más expresivos y con más experiencia. Víctor les cuenta que les encantó el musical de la noche anterior y les pide que les hagan una foto con la cascada de fondo. Julia les devuelve la gentileza con la cámara de ellos. “Qué majos y qué buena pareja hacen”.”Jo, la foto que les he hecho está más encuadrada que la que nos han hecho”.

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Antes de volver al autobús, Julia decide comprar a su hermana y su prima unos colgantes de roca volcánica, haciendo un larga cola en la tienda de souvenirs. Al volver al autobús, yendo Víctor por delante, se encuentra con Kaytlin, desesperada porque no encuentra a unos cuantos pasajeros. Les ha dado demasiada libertad. Por suerte para Julia, no es la última en llegar y las miradas inquisitivas se las comen una madre y su hija. “¿Por qué has tardado tanto?”. “¡Mira qué colgantes de piedra volcánica más chulos!”. Víctor iba a empezar a enfadarse pero ante la enorme sonrisa de Julia sonríe, derretido.

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Con un glaciar de fondo, cerca de Gullfoss.

Y después de la cascada se dirigen a Geyser, en el valle de Haukadalur, a ver geyseres entre ellos el gran Geyser, uno de los más antiguos del mundo, que además da nombre al fenómeno, y el Strokkur. Pasean por un páramo burbujeante que desprende vapor por aquí y allí, entusiasmados. Al fondo oyen la ovación de la gente a la naturaleza al ver la explosión de uno de los protagonistas del lugar.

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“Tenemos que grabarlo y hacer una foto bien”, insiste Julia. Llegan a los pies del Strokkur y deben codear y pugnar con los de al lado. “¿Por qué no se quitan?”. “Ellos también quieren verlo”. “Me molestan”. Julia está en modo competitivo para hacer la mejor foto posible. Mientras esperan oyen un zumbido. Resulta molesto porque les rompe la armonía del ambiente. Descubren que es un drone, sobrevolando el lugar. Hay turistas que quieren competir con National Geographic por conseguir los mejores planos de paisajes naturales. Se quedan un buen rato por allí, maravillándose con el disparo del agua subterránea.

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Paisaje humeante de Geyser.

“Ahora tienes que hacerme una foto con el chorro de fondo”. Julia quiere conseguir su foto soñada del Geyser en acción. Se coloca en un punto donde considera que es idóneo, alejado de la marabunta de turistas. “¿Hay que esperar mucho a que salga?”. “No creo, sigue apuntando”. “Oye, hace rato que no vemos a nadie, ya estarán comiendo, creo que deberíamos irnos hacia donde hemos quedado”. “Espera un poco y no bajes la cámara”. Después de un momento de pausa. “Vamos a llegar los últimos otra vez, nos vamos a quedar tirados”. “Que no, ya verás”. Otra pausa. “Joder, empiezo a tener hambre, ya vendremos luego a hacerla”. “Calla y pon la cámara bien”. Después de quejarse durante unos minutos más Víctor consigue hacer las fotos soñadas, con mucha suerte, ya que le pilla en plena reprimenda. Julia acaba con la espalda chipiada, pues la espuma del chorro le salpica más de lo que esperaba.

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Después de degustar la comida islandesa, con una salsa de naranja de aderezo a un salmón al horno con patatas guisadas como protagonista, retoman el viaje. Durante la comida coinciden con dos matrimonios de Barcelona, mayores, expertos en cruceros, además de con sus inseparables compañeros mexicanos. Antes de volver a subir al autobús, Víctor vuelve a preguntarle por las ballenas, esta vez más por empeño que interés. “Ahora hablaremos de ellas”. Tercera larga.

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Una cueva subacuática, igual conduce al centro de la tierra…

Se encaminan hacia una zona rural, donde la presencia de la tierra volcánica oscura es más acusada, y los colores del otoño impactan aún más. Kaytlin, a petición de Víctor, por fin les habla de la tradición ballenera de Islandia. Resulta que la mayoría de las ballenas cazadas en aguas islandesas se venden a Japón y otros países. “Es difícil comer ballena en un restaurante islandés, no tenemos mucha costumbre de hacerlo”. Mientras, la cámara de Julia capta un puñado de imágenes naturales, con intensos colores verdes y negros. “¡Qué bonito!, ¿te has fijado?”. “Sí cielo, ¿te imaginas tener una casa aquí? pero… ¿te lo imaginas?”. Es la pregunta más repetida del viaje.

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De camino a Reykjavik Kaytlin habla del origen de la lengua islandesa, emparentada con el nórdico antiguo. Explica que ha cambiado tan poco con el paso de los siglos que los islandeses pueden leer sin problemas las antiguas sagas y eddas de hace casi mil años de antigüedad. También les lee un fragmento de un libro de un catedrático de historia acerca de la expansión del cristianismo en la isla. Ya en la capital, visitan un centro turístico, una torre donde pueden realizar unas espectaculares panorámicas de la ciudad y realizan un pequeño recorrido por lugares emblemáticos, entre ellos, Höfði, la casa donde Mijaíl Gorbachov y Ronald Reagan celebraron la cumbre de Reykjavik en 1989, vital para el final de la Guerra Fría. Höfdi también fue sede del consulado francés y residencia del poeta Einar Benediktsson.

*** Epílogo ***

La aventura de Julia

Al llegar al barco, al anochecer, encienden la tele del camarote. Haciendo zapping ponen el canal ‘boat cam’, donde solo se emite la visión de una cámara fija de proa. Julia solo ve una imagen naranja. “¿Qué será eso? Tengo que averiguarlo”. Sube a la cubierta superior a inmortalizarlo. Se encuentra con puertas cerradas y barandillas bloqueando el camino a la cubierta, pero salta la valla y sale a cubierta. “Nada me lo va a impedir”. El viento sopla con fuerza, congelado. Pelea contra las inclemencias, en solitario, pues no hay nadie en el exterior, principalmente porque no está permitido el paso. Nadie ha acudido a despedirse del puerto de Reykjavik. Tan solo unos miembros de la tripulación de vigilancia observan atónitos a la joven, impávida, con su pelo rubio enmarañado azotado por el viento, sujetándose con un brazo a la barandilla y su cámara con la otra.

Una panorámica cortada por el viento.

Una panorámica cortada por el viento.

El barco se mueve a causa de la alborotada marea. Dispara unas cuántas ráfagas. Mide los colores y vuelve a disparar a la apuesta del sol. En su mente aparece la imagen de su padre, Johann, como un flashback, recordando sus infinitos esfuerzos por conseguir en Alemania la foto perfecta del anochecer, con el sol ocultándose en el Mar del Norte. “Cuando le enseñe estas fotos seguro que le encantan”.

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Regresa al camarote tras unos interminables esfuerzos apuntando al horizonte con su objetivo. Tiene la piel sonrosada (más de lo normal), los labios cortados y los ojos llorosos. Víctor trata de calentarle la cara con sus manos, mientras comprueba el botín de su azaña. Y no puede ser más hermoso. Aunque no consiguen ver auroras boreales, se llevan un buen recuerdo de las luces del norte.

“Si alguien me pregunta por la época del año en el lugar que más me gusta del mundo, puede que diga otoño en Islandia”. Julia

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