El viaje de nuestra vida XI

Día 14. Glendalough, Irlanda.

Una mañana soleada recibe en Dublín a los pasajeros del Norwegian Star. Es la última parada del viaje. El sol se refleja en el Aviva Stadium, que brilla imponente, siendo una de las grandes vistas desde el puerto del River Liffey.

Al llegar al Stardust, mientras esperan a que su excursión sea la siguiente en anunciarse, Víctor no para de tararear canciones de bandas irlandesas. “Over the hills an faraway…pa pa pa paparararáaaaa…estamos in Ireland, honey! In this shadow play, this shadow playyyy!!! piriririprirpirpirpiririiiiiiii”. “Sí cielo, tura lura lura luraaaa…”.

Las ruinas del monasterio de Glendalough, van a ser las protagonistas de la excursión que pondrá un broche esmeralda al viaje de los novios. La idea de que el postre del viaje sea tan hermoso hace que no crezca en la pareja todavía la pena por saber que tras esta salida navegarán rumbo a casa. Julia está emocionada, deseando ver un leprechaun. “¿Veremos enanitos borrachos y traviesos?”. Víctor sale del teatro cantando ‘The boys are back in town’ y recordando las noches de San Patricio celebradas en el Café Dublin y TNT de Zaragoza años atrás. Le vienen a la cabeza unos cuantos amigos amantes de la cultura y la historia irlandesa.

Al salir del barco les recibe una banda que toca rock-folk irlandés. “Por ser la última excursión, ahora que llevo varios días buenos con el inglés, voy a intentar que no se me note que no soy angloparlante”, “haz lo que quieras, pero te van a pillar”. Como casi todas las veces, viajan con un grupo de americanos y son los únicos españoles. Víctor se viene muy arriba y saluda efusivamente al guía: “Hello, good morning. Hey, how are you? Very well. Where are do you come from?” Le pilla a la primera. “Ouch! Cómo lo ha sabido? Se te ha notado el acentazo”. Julia se ríe de él.

Empiezan el trayecto dando un paseo por Dublín, vislumbrando el puente de Calatrava, el Silicon Valley europeo, numerosos irish pubs (la mayoría cerrados al ser domingo por la mañana) y alguna catedral, como, por supuesto, la de San Patricio. El guía es un tipo de unos sesenta años, porte elegante y una voz suave, con la que empieza el viaje enumerando una serie de datos históricos, geográficos y tradicionales irlandeses. “The irish is the best whisky of the world… (deja un silencio, esperando una respuesta) you are very polite”. Nadie se atreve a contradecirle nada de lo que dice.

Por el camino, una vez que dejan Dublín atrás, contemplan los country sides irlandeses. Y nada de lo que ven les decepciona. Irlanda es como la habían imaginado. Verde. Muy verde. A estas alturas del viaje están más que enamorados del verde y de su infinidad de tonalidades, las cuales han ido deleitando su vista en cada puerto. Cómo no, se maravillan viendo campos cubiertos de brezo. “Es aún más bonito de como habíamos imaginado”.

Pasan cerca de la casa que Daniel Day-Lewis tiene en Condado de Wicklow. Y también por Hollywood village, el pueblo que muchos turistas ignorantes creen que fue bautizado en honor a la meca del cine. El guía cuenta alguna anécdota sobre el tema.

El monasterio de Glendalough fue construído por San Kevin en el siglo VI y es uno de los primeros asentamientos cristianos en Irlanda. En el centro de interpretación visitan el pequeño museo, donde les muestran maquetas de cómo llegó a ser durante su esplendor y algunos restos. También proyectan un audiovisual donde les cuentan la historia del  lugar.

Después, van a visitarlo a pie. Lo primero que les cuentan en la entrada es que el lugar fue saqueado por los vikingos decenas de veces. Los vikingos han sido los compañeros de viaje durante todo el crucero, pues no ha habido un solo lugar donde no les hayan hablado de ellos. Los vecinos ingleses también arrasaron el lugar en alguna ocasión.

Algunos de los restos arquitectónicos más emblemáticos son los de la Catedral de San Pedro y una torre cilíndrica de más de treinta metros de altura. Les cuentan que los vikingos nunca la atacaron porque les impactó su construcción y, la teoría más extendida, es que decidieron respetarla. Sin embargo, se cebaron con el resto de edificaciones del monasterio. En el siglo XIII los ingleses también arrasaron el lugar.

Siglos más tarde Glendalough se convirtió en un cementerio, por el siglo XIX, a tenor de las tumbas más antiguas. Su aspecto es imponente. Una perfecta mezcla entre el verde de la naturaleza y el gris de la roca antigua. Un sin fin de cruces celtas crecen allá donde se mire, como si fuera un bosque siniestro. De noche, o en días nublados y con algo de niebla debe ser  un lugar solemne, con un enigmático toque aterrador. Pero el implacable sol evita la que hubiera sido una fábrica de maravillosas fotos.

Al terminar la visita tienen un rato libre para pasear y Víctor se anima, aunque algo tímido, a hacerle al guía una pregunta que siempre le ha rondado la cabeza sobre las celtic cross. ¿Por qué tienen un círculo en la intersección? “…may be is an stupid question…”. “Any question is stupid”, le contesta con una sonrisa amable. Le cuenta que la época de San Patricio, para atraer al cristianismo a los paganos con más facilidad, decidió usar uno de los símbolos más utilizados por los celtas en sus cultos, el sol, intengrándolo en la Cruz para mostrar que ambas iconografías podían convivir y fusionarse. A Víctor le gusta tanto la respuesta que se compra una Cruz celta pequeña en la tienda de souvenirs al salir. Julia aprovecha para mirar unas cuantas cosas. Se prueba, con mucho entusiasmo, un colorido gorro de lana y una mujer de la fila le dice que le queda genial y ella, convencida, le dice a Víctor: “mira qué gorro más chuli. Muy bonito cielo. Me lo voy a coger, que esta mujer dice que me queda estupendo”. No hay discusión, se lo lleva con una gran sonrisa.

Por supuesto, también aprovechan el trato libre para internarse en el bosque de los alrededores y buscar más fotos inolvidables. En un momento de conexión con la naturaleza y los espíritus que sienten vagar por el lugar, se ponen a respirar y meditar abrazando árboles. Antes de volver al autobús se retrasan para mirar el suelo de los jardines colindantes. Ya son de los últimos en dirigirse al punto de encuentro, pero tienen un asunto pendiente. “Vamos a esa zona, bajo los árboles”. Se desvían para ir a buscar algo muy especial y tras unos segundos lo encuentran. “Aquí, bien!. No es un mito, me alegro. Pon los pies, que voy a hacer una foto”. Por fin se suben al bus, contentos por haber encontrado a la primera tréboles en el suelo.

Una vez de vuelta en Dublín dan un paseo con el bus hasta llegar al puerto, haciendo un pequeño tour de catedrales. También pasan por un H&M de fachada espectacular. Bajan del bus con la idea de dar un paseo a pie antes de subir al barco y visitar un pub para tomar una Guiness, aunque a ninguno de los dos les gusta mucho. Recorren un par de calles pero todos están cerrados. “La próxima vez que vengamos no será en domingo. Dublín está cerca”. No pueden dar un paseo muy largo, pues les coge una lluvia inesperada y deciden embarcar.

 

Durante el atardecer, se despiden del último puerto del viaje, desde de la proa, poniendo rumbo al norte. Ahora quedan solo dos días de navegación hasta volver a Copenhague y, de ahí, a casa.

Anuncios

2 pensamientos en “El viaje de nuestra vida XI

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s