El viaje de nuestra vida II

Día 1. Llegada a Copenhague

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Víctor abre los ojos, sintiéndose incómodo en su asiento. Tiene las piernas encogidas y la espalda mojada. Está medio tapado con una camiseta de manga larga y tiene esa mezcla de sudor frío y calor. El avión vuela tranquilo, sin apenas movimientos. Julia está leyendo el ejemplar de ‘Fotogramas’ que ha comprado en la terminal de Barajas. «Mira quien sale en la nueva película de Meryl Streep». «Hugh Grant, qué bien». «Y el actor de Wolowitz, ¡qué fuerte!».

Las azafatas pasan con los carros de comida. Los pasajeros hablan entre ellos, hay mucho movimiento. Algunos se han movido de sus asientos y se han echado a dormir en los que han quedado vacíos en la parte de atrás. Víctor termina de comerse el bocadillo que ha dejado a medias antes de dormirse. Julia guarda la revista y busca su mochila. «¿Dónde la he dejado?». Se revuelve en su asiento, buscando, extrañada. Comprueba debajo del suyo, del de delante, del de Víctor… «Ups…mi mochila está en medio de esos dos tíos». «¿Cómo?». Resulta que, antes de despegar, la ha dejado en los asientos vacíos de al lado y ahora la custodian dos daneses que se han despertado de su siesta y conversan, alegremente, con la mochila de Julia entre ellos, con el dinero y pertenencias personales incluidas. «Espero que no les moleste», afirma alegremente, acomodándose, relajada, sin prisas por recuperarla.

Alrededor de las dos de la tarde aterrizan en Copenhague. Mientras bajan suena de fondo una versión bluesera de Feling Good de Nina Simone, que se quedará en la cabeza de Víctor durante unos días.

Se encuentran con un día soleado y viento fresco en la capital danesa. Un taxi conducido por un hombre de origen irakí les lleva a su hotel, de la cadena Cabinn. Al llegar a la recepción se dan cuenta de lo oxidado que tienen su inglés, pues no solo les cuesta entender a la muchacha que les atiende sino que apenas les salen palabras sueltas que intentan construir una frase, sin lograrlo. Durante el registro la amable joven danesa les habla con soltura y una sonrisa, pero con una voz muy cerrada y una vocalización que podría mejorarse. «Casi no le pillo nada». «Hablaba fatal, no inglés, sino en general». Afortunadamente, las siguientes interacciones con daneses resultarán más exitosas y con mejor feed back.

Tras comprobar que las habitaciones del hotel Cabinn hacen honor a su nombre y que las maletas ocupan el 90% del espacio libre del suelo, salen con alegría a conocer el lugar más simpático de Copenhague.

Tivoli

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Construido en 1843, es el segundo parque de atracciones más antiguo del mundo, después del también danés Bakken. Se conserva muy fiel a sus orígenes y está tan lleno de encanto que Julia no puede dar dos pasos sin decir «Oooh…mira, zapatos colgados en el cable de la luz, oooh…mira, un gato de forja encima de esa farola, oooh…mira los soldaditos de la escalera, ¡qué chulis!». Salta, ríe y hace fotos a todo cuanto ve. Víctor ríe, derritiéndose con la escena.

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Pasean por los jardines parándose a ver todo lo que encuentran. Se maravillan con los escenarios, las atracciones inspiradas en los cuentos de Andersen, las flores, los estanques con su barco pirata, con una mamá pato seguida por una docena de patitos amarillos (y algunos oscuros), con un pavo real que mira fijamente el objetivo de Julia… con todo.

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Víctor se hace una foto con una estatua de un payaso carablanca. Julia se sienta en la silla de montar de una figura de madera de un elefante. Un carrito de palomitas lleva al aire su aroma, abriéndoles el estómago. Un tren recorre todos los rincones de Tivoli llevando un buen número de turistas a los lugares más bonitos del parque. Una atracción tipo tren de la mina, llamada Rutschebanen, llena de gritos el ambiente, a pesar de que no es la de más riesgo del parque. El Strar Flyer asusta, con los columpios girando en sus imponentes 80 metros de altura. «Si quieres te subes solo». «Creo que no tengo estómago hoy». El clásico carrusel enamora con su encanto. Julia quiere subir, pero no puede hacerlo sin un niño. «Vendremos aquí con nuestros hijos».

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Dan un paseo en tren, entran a una atracción que les hace un recorrido con escenas de marionetas interpretando historias de Andersen, compran un enorme algodón de azúcar y por la noche las luces que llenan todas las calles, edificios y jardines les vuelve a enamorar. Pasean por una calle llena de stands de comida, con fachadas adornadas de muchas maneras. Unos caballos de tiovivo relinchando, unos ladrones que cruzan de una acera a otra a través de un cable, unas botas colgadas, un gato negro, una bicicleta antigua con una bota encima, un pretzel con una corona, paraguas-farolillos, botas y guantes rojos… el objetivo de Julia no para de disparar.

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«Qué lugar más maravilloso». «Inolvidable, me ha encantado». «Y a mí. Volveremos».

3 comentarios en “El viaje de nuestra vida II

  1. No es de extrañar que queráis volver!! Sinceramente a mi lo de la mochila en el avión me tenía en ascuas, es la costumbre de no fiarse de nadie jajajaja.
    ¿Volveréis? ejeje

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