El viaje de nuestra vida V

Día 5 Bergen

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Son las seis y media de la mañana, el agua está calmada desde hace rato. Hace un poco de frío. Julia no aguanta más en la cama y decide asomarse al balcón. La escena es preciosa. El Norweggian Star se encuentra navegando entre un pequeño fiordo. Frente a ella se extiende una larga ladera verde intensa, salpicada con motas multicolores que son las casas que aquí y allá se extienden, adornando una entrañable imagen. Una perfecta comunión entre naturaleza y civilización. En algunos tramos abundan las construcciones blancas y la estampa recuerda una montaña nevada.

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(Hacer click en cada imagen para verla más grande y mejor)

Julia está muy feliz, ha vuelto a Noruega once años después del intercambio que hizo en primero de bachiller. Y ha vuelto en barco, todo un reto para su fobia a navegar. Además, lo ha hecho en su luna de miel, tras casarse con el chico que se quedó esperándola durante su viaje escolar y con el que prometió volver.

– Cariño, despierta. Mira qué bonito.

Víctor se da media vuelta, se despereza y pregunta, con voz dormida y mirando con los ojos entrecerrados hacia la ventana: “¿Eso es Noruega?”. “Sí, ya estamos llegando a Bergen“. Sale al balcón y la fresca brisa matinal escandinava le despierta con suavidad. Juntos ven cómo el barco pasa bajo el puente que une Bergen con la isla de Askøy y poco a poco se van vislumbrando las zonas altas de la ciudad, con las luces del funicular del Mount Floyen destacando entre ellas.

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Cuando llegan al Teatro Stardust, lugar de reunión de los viajeros que han contratado excursiones del servicio del crucero, escuchan una presentación de la ciudad y de sus lugares más emblemáticos. Todo hace que aumenten sus ganas de salir afuera, pisar tierra firme y conocer por fin la segunda ciudad más grande de Noruega.

Sobre las 9:00 suben al autobús y conocen a su guía, una mujer chilena casada con un noruego y afincada en Bergen desde hace varios años. En esta ocasión han contratado un tour por la ciudad en español, pero la guía se sorprende al ver que hay portugueses, brasileños e italianos entre los viajeros.

Realizan el paseo por la ciudad, con numerosas paradas, y conocen lugares bonitos e interesantes, como la primera escuela, la universidad, el museo, algunas estatuas de bergenses ilustres como el violinista Ole Bull, el compositor Edvar Grieg (cuya casa ven durante el recorrido) el nobel de física Ivar Giaever y la escritora Amalie Skram, diseminadas en distintos parques. Sin embargo, para sorpresa mayúscula, no hay ni una referencia a la banda musical Inmortal, ni tampoco rastro alguno de blackmetaleros por la calle. (Algunos lo entenderán)

El momento cumbre del día, cómo no, llega cuando suben al Floyen en funicular para apreciar una preciosa panorámica de la ciudad y la bahía de Store Lungegårdsvannet, donde se encuentra Bergen.

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Allí tienen un rato libre que aprovechan para pasear por el bosque que hay más allá de la zona turística del mirador. Corretean como niños, y rodeados de niños, entre enormes árboles persiguiendo esculturas de graciosos trolls hechas de madera. Dejan volar sus emociones y se hacen fotos, divertidos, con sus amiguitos del bosque. Hace un día maravilloso, con un increíble sol noruego que hasta les da calor con tanto trotar.

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Las simpáticas figuras de trolls rodean una zona donde hay unos columpios ocupados por unos adorables niños rubitos. “Quiero acariciar la cabeza de ese pepón”. “Ni se te ocurra, que está la madre allí”. “¿Podemos llevarnos a esa niña tan adorable?”. “¡Que no!”. “Yo quiero una, ¿tendremos una así?”.

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Lo pasan tan bien que a lo que se dan cuenta se les ha hecho la hora de reunirse con el grupo. Así, Julia se ocupa de apurar el tiempo inmortalizando las vistas de la ciudad mientras Víctor acaricia el precioso perrolobo blanco de una turista que lee un libro en las escaleras del mirador.

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En la fila del funicular de bajada Julia emprende su gran misión. Una para la que se ha mentalizado desde hace meses: sentarse en la primera fila para lograr unas buenas fotos. Las vías del funicular tienen unos 45º de inclinación, por lo que la sensación es intensa. Ya al subir no ha habido manera de lograrlo, con tanto gentío. Ahora, colocada la primera al pie de la vía, no se le puede escapar. Sin embargo, no contaba con alguien: una señora mayor, del grupo de españoles, que le mete el codo en el riñón para ocupar su lugar. “Oiga señora, no empuje”, pero la señora no oye y sigue empujando, desplazando a Víctor sin contemplación y ocupando el grueso del banco en primera fila, que ya de por si es pequeño, despertando la ira de Juli. Finalmente, mete medio culo en el asiento y consigue un sitio, quedando Víctor detrás, de pie. “Tranquila cielo, yo lo veo desde aquí”. La perspectiva de la bajada, eso sí, es inolvidable.

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Después el tour les lleva a Bryggen, el otro punto señalado en rojo en su guía de ruta. Se trata de un barrio portuario fundado por comerciantes alemanes de principios del siglo XIV, durante la era de la Liga Hanseática. Originalmente era conocido como Tyskebryggen, que significa “embarcadero alemán”. Fue levantado como un kontor, un punto comercial alemán en el extranjero. Durante cuatrocientos años  benefició mucho a la ciudad, ya que la unión de noruegos y alemanes funcionó comercialmente muy bien: los primeros eran grandes pescadores y los segundos grandes comerciantes. En el siglo XVIII su gestión pasó a depender del rey de Noruega y muchos alemanes, que durante siglos fueron yendo y viniendo por trabajo, se establecieron en la ciudad definitivamente. Desde 1979 es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Sus edificios de madera y sus calles tienen un sabor especial. Los dos pasean con una enorme sonrisa en sus caras, imaginándose viviendo en una de esas casitas, que a Julia tanto recuerdan a las del pueblo de su padre. De hecho, los dos eligen su casa favorita. A Julia le gusta tanto una que se sube a unas escaleras que dan acceso a la segunda planta, adornadas con unas flores rosas, mientras Víctor se pone nervioso pensando que la van a echar a gritos de allí.

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Antes de dejar Bryggen Víctor se compra un libro de historias de trolls del folklore noruego en una tienda de souvenirs (donde usa sus coronas danesas para pagar, recibiendo el cambio en coronas noruegas) y Julia sucumbe a la tentación de entrar en una tienda conocida por vender adornos navideños todo el año llamada ‘Julehuset’. “¿Ves? el nombre dice que es mi tienda”.

Se internan en la ciudad, fuera de la zona turística del puerto, para comer. Por casualidad llegan a un gastro bar que les enamora. Está situado en el bajo de un edificio y la decoración está diseñada con huesos de varios animales y objetos de granja, caza y pesca, además de elementos naturales como troncos, ramas y hojas. Resulta muy curiosa. La carta sólo incluye platos de pescado local, lo que Julia aprovecha, por recomendación del camarero (un tipo simpático y risueño con aspecto de leñador, como todos los que trabajan ahí), a probar un plato bergense compuesto por una especie de puré de pescado y patata con guarnición que le encanta. A Víctor le ofrecen gustosamente un plato de verduras templadas, al dente, aliñadas con una salsa que le sorprende. Para compartir les sirven una mantequilla de hierbas casera que está de rechupete y una tabla de quesos noruegos con varios tipos de pan y membrillo para acompañar. Comen muy bien y las vistas masculinas también deleitan.

Después, para reposar, visitan Byparken, una zona de jardines con un encantador kiosko musical rodeado de flores. Están tan a gusto que Víctor se deja llevar y se descalza, se tumba, se fusiona con el ambiente. Julia inmortaliza el lugar, la escena, todo. Pero la calma se interrumpe al llegar una abuela con mala leche que les recrimina su actitud y, entienden, que les echa en cara que le están fastidiando la foto que quiere hacer. Víctor tarda casi cinco minutos en calzarse mientras la buena mujer con cara de amargada le mira, inquisitivamente, de pie, casi encima de él. Riéndose de la situación se van a la orilla de Lille Lungegårdsvannet, un lago natural que conecta con el mar. Sus orillas hacen un octágono, por lo que es muy original. El ayuntamiento de la ciudad está en una de ellas.

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Por la tarde, de camino al barco, tras parar a contemplar varias plazas y estatuas conmemorativas (Víctor se maravilla con una de forma cúbica que recrea la historia de la ciudad en cuatro partes con imágenes en relieve), pasan por el mercado del pescado. En esa época del año, mediados de septiembre, tiene pocos puestos, ya que la pesca está en temporada baja, pero aún pueden contemplar una gran variedad de pescados marinados, especiados y mariscos. También hay embutidos de reno, foca y ballena.

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Terminan el día en la proa del barco, mirando la ciudad desde su altura, eligiendo cuál va a ser la casa que van a comprar. Al final se deciden por una con fachada blanca y techo gris en pico, rodeada de árboles, en la ladera del Mount Floyen. Sus sueños se alejan de Bergen con el barco, mientras cae el sol.

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2 pensamientos en “El viaje de nuestra vida V

  1. ¡¡¡¡Puesta de sol violeta!!!!
    Me encanta lo de la tienda Julehuset, y la mayoría de los nombres me son imposibles de adivinar cómo se pronuncian jajajaja. Muy bonitas las fotos y la experiencia ese día se nota que también ❤
    Por cierto, ¿qué pasaba con las señoras mayores? Qué pesadas.

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